Prensa
La Otra Cara de la Igualdad
Por: Nelson Varas Díaz, Ph.D.
Miembro Junta Directiva, Asociación de Psicología de Puerto Rico
El Nuevo Día / Sección: Perspectiva / 19 de enero del 2006
Durante los pasados meses el tema de la igualdad parece haber arropado los medios de comunicación en nuestro país. Puede verse en la televisión, los periódicos, y hasta en los cuerpos que tan a la moda portan brazaletes alusivos al tema. La igualdad (con sus múltiples definiciones) es una obsesión puertorriqueña que va desde las discusiones políticas sobre el estatus hasta los diálogos de nuestra cotidianeidad. Aunque estas manifestaciones de la discusión sobre la igualdad en Puerto Rico tienen propósitos particulares, me gustaría invitarles a una reflexión sobre la otra cara de la igualdad.
A mi entender los llamados a la igualdad tienen el potencial de ser peligrosos. La idea de que todos somos iguales tiene dos limitaciones: 1) no nos permite examinar críticamente las realidades que vivimos los y las puertorriqueños que cada vez más están marcadas por la desigualdad, y 2) se sobre impone a los esfuerzos que deberían existir en nuestro país para comenzar a aceptar la diversidad.
Una mirada al Puerto Rico actual nos revela un escenario verdaderamente crítico. Los niveles de pobreza son alarmantes, los asesinatos continúan siendo la orden del día, el consumo basado en el crédito no cesa, existen serios problemas relacionados al empleo y la infraestructura de salud cada vez empeora. En fin, la situación social del país deja tanto que desear que hasta los muertos tendrán que tener fe en que les hagan una autopsia a tiempo. Este Puerto Rico que he descrito probablemente alude a unos y a otros no. Las realidades que vivimos nos hacen inevitablemente personas diferentes. Pensar que somos todos iguales de forma ilusa imposibilita que hagamos un examen verdaderamente crítico de los problemas que arropan al país y a quiénes le afectan más. Muchos dirán "si la gente es igual a mí, la mayoría no debe tener esos problemas". Así, en nombre de la supuesta igualdad, nos ahorramos entender que estos problemas afectan a las poblaciones socialmente marginadas con mayor ímpetu.
La otra consecuencia del discurso de la igualdad está atada a los detalles de la vida cotidiana en donde se manifiesta la diversidad social de nuestro país. Si todos verdaderamente somos tan iguales, ¿por qué existe en nuestro país tanto discrimen hacia sectores poblacionales que evidencian la diversidad? Puedo nombrar múltiples sin acabar la lista, pero tres son particularmente evidentes. Estos son, las personas con impedimentos, inmigrantes y homosexuales. Estos grupos contribuyen al desarrollo del país mediante ideas y trabajo, sin embargo son víctimas del discrimen continuo en escenarios laborales, de salud, la televisión, la radio y hasta en nuestras fiestas a través de los ya famosos chistes. ¿Qué pasó entonces, no éramos todos iguales? Hasta ahí llega el límite de la igualdad.
Puerto Rico necesita un diálogo abierto y sincero sobre el papel de las diferencias sociales y sus implicaciones. Las estrategias para abordar la diferencia cuando la misma tiene implicaciones nocivas no puede ser tan simplista. Puerto Rico se merece más que eso. Los y las puertorriqueñas podemos tener reflexiones más complejas que nos permitan ver cómo se manifiestan las desigualdades en nuestro país y cómo los mensajes de "igualdad a toda costa" sirven para esconderla.
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