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En nombre de la crisis...

Por Nelson Varas Díaz, Ph.D.
Miembro Junta Directiva, Asociación de Psicología de P.R.

Uno de los problemas centrales en el estudio de los fenómenos sociales se asocia a cómo nombramos aquello que deseamos entender. Ese debe ser el primer paso de un buen proceso de entendimiento de un asunto, fenómeno, objeto o situación social. Sin embargo, es vital examinar quién lleva a cabo esta tarea, el contexto donde se ubica y qué objetivo persigue. Para ejemplificar lo anterior, pensemos en el proceso descriptivo dado en el año pasado, e intensificado en lo que va de éste, para nombrar la situación actual del país. El concepto “crisis” parece haber triunfado como icono descriptivo de la situación de nuestro país. Sin embargo, el mismo no debe ir desacompañado de una reflexión crítica sobre su utilización.
Aunque estoy de acuerdo con la idea de que Puerto Rico enfrenta situaciones difíciles a nivel social, político y económico, me parece importante examinar por qué se alude al concepto “crisis”, quién lo hace y qué motivo le guía. La idea de la “crisis” alude a la acción, a la necesidad de solucionar algo; de sanar o cambiar. Nos mueve a pensar que algo muy malo y peligroso se avecina, que cambiará la forma en que hemos vivido hasta ahora y que a partir de ella, no seremos las mismas personas. Se crea la percepción de que estamos bajo amenaza de morir, no recibir servicios médicos, ser asaltados, no ser salvos, entre otras catástrofes. Nuestro entorno, mediante diversos medios, alimenta la incertidumbre y el fatalismo que acompaña la “crisis”. Los discursos de los medios de comunicación y la retórica de los partidos políticos, las iglesias, nuestras abuelas y otro sinnúmero de fuentes de información, y en ocasiones de desinformación, apuntan a la certeza de la llamada “crisis”. Queda claro que es urgente una sola cosa, por encima de todas otras: hay que buscar una solución a la crisis…. ahora. Sin embargo, este llamado a la solución inmediata se remonta en el olvido histórico sistemático que se experimenta en Puerto Rico. Se entremezcla con la criminalización de los sectores más afectados por la desigualdad en el país y se arropa de posibles soluciones, en ocasiones ridículas, propuestas por los “crisis-ólogos” del patio. Finalmente, estas seudo-soluciones se implantan para asegurar que experimentemos alivio porque algo, aunque no sirva para mucho, se está haciendo. Alguien, que no necesariamente sabe cómo llegó a su puesto, parece estar solucionándolo.
La “crisis” se mercadea, pluraliza, democratiza para decirnos que nos afecta a todos y todas, pero que sólo algunas pocas personas saben cómo resolverlas. ¿Quiénes son estas pocas personas? Irónicamente, aquellas que trataron anteriormente y no pudieron con las pasadas “crisis”. Los políticos con las viejas ideas. Tómese como ejemplo la mano dura, nombrada hoy “castigo seguro”, que poco a poco se acerca a una intervención militar. Personas que en nombre del llamado bienestar común nos dicen de la necesidad de activar la guardia nacional. Grupos religiosos millonarios que nos piden miles de dólares de fondos “semilla” para que Dios nos saque de la “crisis”. Obviamente, religiosos que no pagarán impuestos, a pesar de que podrían ayudar con la situación económica del país. Políticos que se niegan a escuchar órdenes directas del pueblo, porque lo más importante no es la agilidad legislativa, sino mantener su trabajo. Claro está, trabajo que nos hacen creer que es necesario para enfrentar apropiadamente la “crisis”.
Este tipo de análisis no tiene el propósito de fomentar la desesperanza, sino la necesidad de reflexionar sobre las “crisis” que nos generan para mantener control sobre nuestras vidas y las formas de vivir en sociedad. No dejemos que aquellas personas que crean las llamadas “crisis” sean las personas que pretenden vender las soluciones, ya gastadas y poco creativas. Velemos porque en tiempos difíciles, no se nos vendan soluciones que parecen demasiado fáciles, lineales y casi mágicas.

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