Prensa
Rostros de Dolor
Ivonne Moreno-Velázquez, PhD
Pasada Presidenta
La lucha humana por el bien y la justicia existe desde el principio de la humanidad. Nacemos, crecemos y nos desarrollamos en una sociedad y los eventos que acontecen dentro y fuera de la familia se entrelazan para convertirnos en quienes somos. Las circunstancias que nos toca vivir producen resultados diversos, unos deseados y otros indeseados cuyas causas no alcanzamos a comprender ni explicar con certeza.
La violencia que observamos con tanta frecuencia en los medios noticiosos y de entretenimiento, y en las instituciones llamadas a velar por la ley y el orden nos posiciona de formas diversas a este hecho: desde la negación e indiferencia hasta la preocupación, angustia, desesperanza e impotencia. La violencia tiene rostro de dolor, dolor por el país que sufre y teme ante la violencia creciente y que no parece ser capaz de utilizar el conocimiento disponible en la lucha por la paz; dolor de quien decide quitar la vida del otro; dolor de quien pierde la vida prematuramente en manos de otra persona.
La pena de muerte nos enfrenta al dolor de dos familias unidas por la misma tragedia: en un lado, la familia de quien ha perdido la vida, que no sólo ve partir a uno de los suyos sino que revive el suceso en el proceso judicial; en otro lado, la familia de quien la vida le llevó por un camino equivocado y ha tomado la vida de otra persona. Esta familia sufre el dolor de saber que uno/a de los suyos cometió este hecho y produjo dolor a una familia y dolor ante la posibilidad de que pierda la vida. Existen diferentes miradas a la prevención de la violencia, pero tal parece que la opción más deseada es la que parece más fácil, erradicar la violencia con más violencia. Soluciones como modelar civilidad y paz, crear opciones para la mejor convivencia en todos los escenarios de nuestra sociedad, servicios de salud física y mental adecuados, combatir la inequidad, pobreza y consumismo, utilizar los medios de comunicación masiva con responsabilidad y rehabilitar a quien ha caído, no parecen surgir como soluciones viables.
La pena de muerte a través de la cual el Estado quita la vida, surge como la solución para erradicar la violencia. Ya el Fiscal Federal Bert García ha sentenciado que no parará hasta conseguir la implantación de la pena de muerte en Puerto Rico; sin embargo, está muy lejos de ser la solución. La pena de muerte representa la pérdida del valor más importante, el respeto por la vida. La pena de muerte no es una opción de paz, es el fracaso de la búsqueda de paz. Desde la historia bíblica de Caín y Abel en que un hombre quitó la vida a otro hombre, -su hermano-, nos intrigan las circunstancias que llevan al acto de tomar la vida de otro ser humano. Dios pudo haber decidido aplicar la pena de muerte a Caín, pero decidió dejarlo vivir... y castigarle.
¿Qué une a la Comisión de Derechos Civiles, todos los sectores de la Iglesia y la Sociedad Civil? El respeto por la vida, la convicción de que tomar la vida de otro, sea por el Estado o por uno/a de sus ciudadanos/as, es abominable, la creencia de que la violencia engendra violencia y que el perdón trae sanidad, y la profunda preocupación de que establecer la pena de muerte en nuestra Isla nos alejará cada vez más del sueño de una sociedad de paz.
En estos días en que comienza un proceso criminal en el cual la Fiscalía Federal ha solicitado la pena de muerte, que prevalezca la paz, el perdón y respeto por la vida durante todo el proceso y no el enorme fracaso de renunciar a nuestros valores en aras de una alternativa que nada soluciona, sino que nos lesiona en lo más profundo.
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