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Homosexualidad y psicología

Alfonso Martínez Taboas
Presidente de la Asociación de Psicología
El Nuevo Día, 9 de noviembre de 2006

Ser gay o lesbiana en Puerto Rico y otras partes del mundo no es fácil. Los comentarios peyorativos van desde la condena moral, religiosa y social. Hay una literatura amplia que documenta los prejuicios que confrontan los homosexuales para conseguir vivienda pública, para adoptar hijos y hasta para conseguir un empleo.

Durante las primeras décadas del siglo XX los homosexuales no recibieron un mejor trato por parte de psicólogos y psiquiatras. En primer lugar, los manuales diagnósticos de la época establecían que la homosexualidad era una patología mental. En segundo lugar, se desarrollaron de manera extensa terapias para "curar" al homosexual de su "trastorno mental", las cuales iban desde psicoanálisis que duraban años, terapias aversivas eléctricas y hasta operaciones en las gónadas sexuales. Todo esto en el nombre de la ciencia.

Sin embargo, durante los últimos 30 años el panorama resulta más claro y alentador. En primer lugar, la inmensa mayoría de los expertos en el campo, así como las principales organizaciones psiquiátricas y psicológicas han dejado contundentemente establecido que no hay evidencia clínica de que ostentar un estilo de vida homosexual implique alguna patología mental. Los homosexuales son personas con las mismas fortalezas y debilidades humanas que un heterosexual.

Por lo tanto, cuando al fin se examinó con detenimiento la base que sostenía el discurso patológico de ser homosexuales, resultó que todo se diluyó y resultó que la idea de patología fue una concepción errada y equívoca, lo que demuestra que en ocasiones detrás de un discurso de patología mental, lo que se desvela son puros prejuicios de la época e ideología malsana disfrazada de ciencia.

Entonces, ¿qué se puede concluir de los homosexuales desde el punto de vista psicológico? En primer lugar, que estas personas demuestran un estilo de vida social, sexual y amoroso alterno al de la mayoría de la gente.

Debe quedar claro que en una sociedad pluralista y multicultural, no debe haber cabida para discursos de odio hacia personas que ostentan estilos religiosos, políticos o sociales diferentes a los de uno. Al contrario, parte de tener una convivencia sana y de cultivar el respeto y la tolerancia ajena, es entender que hay personas que desean expresar su vida de maneras alternas. Claro está, los niveles de tolerancia cesan cuando esos estilos de vida lesionan la sociedad, como son los casos de los psicópatas criminales o delincuentes.

En segundo lugar, ya es hora de que quede patentemente claro, que no hay justificación alguna para señalar al homosexual con términos peyorativos basándose en la psicología y la psiquiatría. Al contrario, la inmensa mayoría los estudios psicológicos han concluido que muchas personas que son homosexuales disfrutan una buena vida social, afectiva y vocacional.

El problema fundamental no radica en ser homosexual, sino en el desgaste emocional que tienen que pasar para combatir los discursos de odio de diversos líderes de nuestro país. Estos discursos, los cuales lamentablemente muchas veces se expresan de manera destemplada y fanática, adquieren fuerza y convicción en algunas personas, produciéndose entonces toda una escalada de prejuicios y estigmatizaciones sociales totalmente innecesarias. Por esta razón los profesionales de la salud mental tenemos que elaborar discursos de vanguardia para remover el estigma de enfermedad mental y de desviación social de personas con orientación homosexual.

Si algo queda claro, entonces, es que una prioridad para nuestros líderes políticos, sociales y religiosos, es crear discursos y leyes que se atemperen a nuestros tiempos.

Los miedos, el odio, los prejuicios y la ignorancia no pueden ser lo que motive decisiones políticas o sociales hacia los homosexuales. No hay ninguna razón de peso para pensar que ser homosexual constituye una amenaza para la sociedad. Nuestros líderes pueden hacer mucho para educar a sus feligreses o constituyentes en crear discursos de tolerancia, en combatir los estigmas sociales malsanos y en crear un ambiente social y cultural en donde podamos celebrar la diversidad.

Esa es la mejor receta para aprender a respetar a nuestro prójimo.

 

 

 

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